1998, JULIO 29
Hoy le ha sido regalado un enorme cuaderno, de esos grandes
que se usaban para hacer la contabilidad; realmente el papá no
Quiere que lo olvide se hace presente a través de muchas
cosas, este cuaderno por ejemplo, el papá mantenía bastantes de éstos,
realmente tenía muchas cuentas que llevar. Pero había uno que tenía pasta de
cuero y era el intocable, lo mantenía a la vista de todos, sin embargo,
inspiraba tal respeto su encuadernación y su color rojo mate que jamás nadie lo
abrió, siempre se preguntaba cada vez que
veía este cuaderno, si allí guardaría consignado las cuentas más importantes
de su vida, las que le habían hecho un hombre de fortuna.El tiempo transcurría, pero aquel cuaderno permanecía silencioso debajo de los otros cuadernos. Su hija mayor era la que más acceso tenía a los objetos personales de el papá, de hecho ella conocía todos sus negocios y las personas con las que él se relacionaba, bueno por lo menos casi todas. Pero el cuaderno de la pasta de cuero no se atrevía a cogerlo, los otros los manipulaba todo el tiempo y con facilidad, ella le firmaba todos los cheques, recibos de pago y facturas, pues imitaba a la perfección su firma. Él le había enseñarlo a hacerlo, porque no quería morirse y dejarle los negocios a nadie, sino que hubiera alguien que pudiera continuar hasta donde fuera posible lo que él se había empeñado en ocultar.
El libro de pasta de cuero permanecía silencioso, en algunas ocasiones la curiosidad le mataba, para cogerlo tenía que levantar los demás, ya que era el que servía de base para todos los otros, lo cogía entre sus manos acariciaba la suavidad de aquel cuero que ya estaba desgastado por el paso del tiempo, lo olfateaba, pues tenía un aroma a viejo, a estar guardado hacía muchísimos años, y sin embargo nunca estuvo en un cajón, porque todos los libros permanecían encima del escritorio del papá, los bordes de las hojas eran amarillos ocre, la tentación de abrirlo se disipaba con la imagen que traía a su mente de saber que aquel cuaderno guardaba muy hondos secretos, que tal vez ella los sabía más por intuición y no quería aceptarlos. En vida de su padre la chica nunca se atrevió a abrir aquel extraño cuaderno.
Cuando el papá abandona el mundo de los mortales, es
necesario recoger todas las cosas de la casa que lo recordaban, pues la mamá
había entrado en grandes crisis, llevaban más de cuarenta años juntos y su
ausencia le había causado gran angustia, era necesario ayudarle a superar aquel
duelo y una de las técnicas era hacer desaparecer todas las cosas que se lo
recordaban. ¿Quién haría la tarea?, pues la persona que ahora dormía en el
lecho que por más de treinta años habían compartido aquellos amorosos esposos y
padres. Quien dormía allí era la hija mayor y ahora le tocaría cumplir esta
tarea.
Se hizo una enorme fogata en el patio trasero de la casa,
por allí pasaron los lentes, las cajas de dientes que el padre compraba para la
abuela, las cartas que conservaba desde joven que habían enviado sus primeros
hijos, los del matrimonio innombrable, también pasaron las corbatas, las
medias, las pijamas, las florecitas de violeta que conservaba en cajetillas de
cigarrillos piel roja, algunas de sus pipas que estaban quebradas o
deterioradas por el uso, llegó la hora de los cuadernos de contabilidad y las
mil facturas guardaba en ellos. Aquellos cuadernos ahora ya tampoco tenían
sentido, pues hacía tiempo que el papá ya no los usaba, ya no tenía deudores,
ni acreedores, ya todas las cuentas parecían saldadas.La hija tomó uno a uno los cuadernos, los examinó y a medida que sus ojos se posaban sobre las letras de nombres silenciosos muchos de ellos desconocidos, lloraba; los números cifras escritas con trazos firmes y elegantes, que le recordaban alegrías y tristezas en compañía de su padre. Por fin, cogió el cuaderno de la pasta de cuero, con la seguridad absoluta de que aquel cuaderno guardaba un secreto, ahora lo podía leer sin temor, sin embargo pensó en no abrirlo, lo estrechó entre sus brazos, tenía todos los aromas de su padre, el olor a tabaco, a menticol, a sus manos tan adoradas por ella, no, no lo abriría, se repetía una y otra vez; afuera la fogata ardía más voraz que nunca y esperando con sus llamas al aire qué más habría para ella, antes de extinguirse por falta de combustible, fue tirando uno a uno los cuadernos, mientras miraba de reojo el cuaderno rojo mate, el olor del aire comenzó a enrarecerse, era el olor a tinta quemada, los números y las letras se iban dispersando entre las llamas y se tornaban azules claro.
Por último tomó el cuaderno de los secretos, aunque la
decisión de no abrirlo parecía firme, llegó el momento en que la curiosidad
vencería aquel "juramento". Su corazón latió más a prisa, sus manos
sudaban, sentía que sus piernas no la sostendrían, sintió de pronto un sofoco
en todo su cuerpo y continuaba titubeando, en sus manos, en su poder, tenía el
poder de otro, sus secretos, lo que nadie sabría jamás, solamente ella, lo que
ella tampoco sabría si tampoco lo abría.
Se retiró de la fogata y fue a sentarse en la silla
"presidencial" en el trono de su padre, una silla que antes su otra
hija mayor le había regalado de nueva york, una cómoda silla, la silla que
silenciaba a todos los presentes, la silla que tenía el poder de convocar a
toda una familia, la silla en el que el padre había pensado y repensado su
vida, cada uno de sus días, en la que ahora todos los recuerdos se hacían
lejanos pero presentes. La hija se sentó en la tan anhelada silla, volvió a
acariciar como muchas veces lo había hecho aquel viejo cuaderno, se lo llevó a
los labios y lo besó con mil lágrimas en los ojos, como si el secreto que
estaba a punto de descubrir necesitara del más sagrado permiso, el permiso del
amor, cerró los ojos y esperó otro momento más..., sabía que ahora el fuego de
la hoguera se extinguía, que si no arrojaba el libro en este momento, no lo
haría jamás.
Resuelta abrió el cuaderno, en la primera página leyó con
una letra menos que legible "Mis mejores cartas de amor".
La hija pasaba horas y horas enteras, hasta días completos
de mañana a tarde escuchando las historias de su padre, muchas de ellas las
había reconstruido cuando ella en las noches las escribía; pero en aquel título
que saltaba de pronto ante sus ojos, le trajo el recuerdo de las cartas que su padre escribía, cartas de negocios, cartas
para disculparse porque no podía atender alguna invitación, cartas a los amigos,
a los hijos, a la madre de sus segundos hijos y por su puesto cartas de amor,
de las que poco hablaba y cuando lo hacía era para hacer comentarios casi
risibles, y terminaba alabando su pluma y su imaginación; además decía que eran
cartas que escribía para las novias de sus amigos, pero cuántas de aquellas
cartas no serían para sus propias novias?, que se supone nunca fueron pocas.2013, Junio 26
En alguna ocasión estuvieron la hija y el padre en las metaleras de nikitao, donde forjan hierro, buscando una cama tubular barnizada de oro, se le había metido entre ceja y ceja que allí estaba una cama que había mandado hacer en los años 30, exclusivamente para una novia, Rosaura, y en los tubos que daban a los pies había enrollado sendas cartas de amor, para que ella las leyera en la noche. La búsqueda fue en vano nunca más volvió a ver la cama, ni a Rosaura, ella había muerto en la década de los 90, soltera, porque como él decía la había dejado solterona.
Con la mamá desde que se había muerto iban a visitarla al
cementerio y le rezaban, el padre la recordaba con nostalgia, ya al mismo
tiempo con chistes, pues una de sus anécdotas preferidas era que ella se había
ido a pasear a san Andrés y le había prometido traerle un revolver, en vez de
ello, le trajo una maleta repleta de corbatas que inmediatamente puso a la
venta en el almacén que tenía en
MEDELLÍN.
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